Chile a Cuestas. Una Reflexión casi Diaria del Dolor de Ser Chileno en Chile
Casi estuve a punto de preguntame esta mañana ¿Qué pasaría si apreto el acelerador en vez del freno en la esquina? La radio gritaba noticias vacuas. Mi respiración empañaba los vidrios. La ciudad comenzaba a sudar esa sensación alegre y sopaipillesca que se mezcla con el humo y los ácidos que salen del cuerpo.
¿Cómo sería convertirse en un asesino atropellador de personas que no conozco? No me lo pregunté, lo pensé, y me dolió el alma. Sentí efectivamente que algo se rajaba con fuerzas entre mi ombligo y mis costillas. Sin embargo, sería tan fácil, tan fácil.
En realidad es tan fácil. Todos los días al salir de mi casa al trabajo, me convierto en uno más de los salvajes que salen tarde a sus pegas. Piso el acelerador y sobrepaso los 60 los 70 y hasta 80 (Oh qué malo soy) Había un paco sacando partes en una esquina. Qué genial fui al no romper una regla. Aunque mejor hubiese sido si rompo la regla y nadie me ve. Soy malo. Como cuando copiaba en el colegio y no me pillaban. Soy malo ahora, porque tomo más que todos mis amigos juntos. Carreteo de noche, soy malo. Le pego a los más débiles, soy el mejor. Basureo a los pobres. No doy propina. Así somos. Así pensamos los chilenos. Y me duele, fuerte como un pucho apagándose en los testículos, que nadie se dé cuenta.
